Todavía desolada por la muerte de su madre, J.K. Rowling se trasladó a Portugal en 1991, para trabajar como profesora de inglés en una academia de idiomas. Según sus propias palabras, este periodo fue el comienzo de una etapa oscura de su vida.
“Había cosechado un fracaso de dimensiones épicas. Un matrimonio excepcionalmente breve había explotado… y los temores de mis padres, y los que yo misma había tenido, se habían hecho realidad. Se viese por donde se viese, yo era el mayor fracaso del que tenía conocimiento”.
“Nueve meses después de la muerte de mi madre, desesperada por marcharme durante una temporada, me fui a Portugal. Me llevé conmigo el manuscrito de Harry Potter, que continuaba creciendo, con la esperanza de que mi nuevo horario de trabajo (daba clase por la tarde) me permitiera seguir avanzando en mi novela.El manuscrito había cambiado mucho desde la muerte de mi madre. Ahora, los sentimientos de Harry sobre la muerte de sus padres se habían vuelto de alguna forma mucho más profundos, más fuertes, mucho más reales.
En aquellas primeras semanas en Portugal escribí el que se ha convertido en mi capítulo favorito de la Piedra filosofal: "El espejo de Erised" –y me hubiera gustado llevar un libro acabado bajo el brazo a mi regreso de Portugal. De hecho, me llevé algo aún mejor: mi hija Jessica.
Me había casado con un portugués y, aunque el matrimonio no funcionó, me dio una de las mejores cosas de mi vida. Jessica y yo llegamos a Edimburgo, donde vivía Di, justo a tiempo para las Navidades de 1993”.