“Era 1990. Mi novio de entonces y yo habíamos decidido trasladarnos juntos a Manchester. Después de pasar un fin de semana buscando piso, mientras viajaba sola de vuelta a Londres en un tren lleno de gente, la idea de Harry Potter me vino sin más a la cabeza.
No había dejado de escribir desde que tenía seis años, pero hasta entonces nunca había estado tan emocionada con una idea. Para gran frustración mía, no tenía ningún bolígrafo que funcionara, y era demasiado tímida para pedirle uno a alguien…
No llevaba un bolígrafo que funcionara, pero creo que probablemente eso fue positivo. Simplemente me quedé sentada pensando, durante cuatro horas (el tren se retrasó), mientras todos los detalles hervían en mi cabeza, y el niño flaco, moreno y con gafas, que no sabía que era mago, fue haciéndose cada vez más real para mí.Quizá, si hubiera intentado controlar el ritmo al que se me ocurrían las ideas, para poder escribirlas, habría reprimido algunas de ellas (aunque a veces me pregunto, sin más, cuánto de lo que imaginé en aquel viaje había olvidado cuando conseguí un bolígrafo). Aquella misma tarde comencé a escribir La piedra filosofal, aunque aquellas primeras páginas no guardan el más mínimo parecido con el libro tal y como quedó finalmente”.