“Escribí casi cada tarde, después lo pasé todo a máquina yo misma en una vieja máquina de escribir manual, metí los tres primeros capítulos en una bonita carpeta de plástico y se los envié a un agente. Me los devolvieron con tanta rapidez que debieron enviarlos el mismo día en que llegaron.
Pero al segundo intento, Christopher Little me contestó para pedirme ver el resto del manuscrito. Era, con diferencia, la mejor carta que había recibido en mi vida –y solo tenía dos frases”.